dimecres, 20 de desembre de 2017

Carta nadalenca per la família pradosiana i la resta de la família de Jesús




General Prado
Calle 13 Padre Chevrier
69007 Lyon – FRANCIA


CARTA DE NAVIDAD 2017

Queridos hermanos pradosianos, hermanos laicos y amigos:
En Navidad Dios Padre nos bendice con su presencia, que brilla en el rostro del Hijo “hecho carne” y que contemplamos en el Niño Jesús, recostado en el Pesebre por María y José (Lc 2,7-16).
¡Qué bello y qué grande es este misterio de un Dios que se revela en lo pequeño y en lo pobre! El amor verdadero es libre para elegir y darse a conocer de esta manera. ¿Y qué otra nos revela a nosotros, pobres hombres, sino su ser más profundo? Él es el “Dios misericordioso... rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia, que perdona la culpa, el delito y el pecado” (Ex 34, 5-6).  ¡Sí, este es nuestro Dios! Y el Emmanuel, Jesús, revela el rostro del Padre misericordioso y compasivo.
La gracia que ha convertido al Padre Chevrier tiene sus raíces en el misterio de la Encarnación. Y nosotros, una vez más, nos descubrimos como destinatarios y herederos de una experiencia espiritual que sigue fascinando tanto a sucesivas generaciones. El Espíritu Santo nos injerta en la misma gracia para hacernos vivir el estremecimiento que suscita en nosotros la proximidad de Dios, la belleza de aquel rostro, la alegría de entrar en comunión con el misterio del amor de Dios que celebramos en Navidad. Que el Espíritu Santo nos haga amar la entrega de Dios en el Hijo y nos recree interiormente, dándonos un sentir más parecido al suyo, una mirada como la suya, su comunión con el Padre.
Navidad nos invita a mirar el mundo con los ojos misericordiosos de Dios. La compasión divina se acerca a los pueblos abandonados a sí mismos, gobernados por quienes carecen del sentido del bien común o hacen del poder un medio en beneficio de sus propios intereses o imponen ideologías que ofenden a la inteligencia y a la dignidad humana. Vemos también pobres que carecen de los bienes fundamentales para una vida digna mientras la riqueza se queda en las manos de unos pocos ricos reacios a compartirla. La mirada encuentra luego a tantos desorientados y confusos en nuestras sociedades civiles, sobre todo los explotados que desbordan los flujos de la inmigración massiva. ¿Cómo no fijar la atención, finalmente, y abrazar a todas las personas heridas por la vida y traicionadas en la confianza depositada en el prójimo? Los sentimientos que estos y otros muchos dramas humanos suscitan en nosotros nos llevan a permanecer en el divino flujo del amor y la misericordia. Contemplando a Jesús, el Amor divino encarnado, que desciende del cielo para estar con nosotros, se nos abre el camino para llegar a ser sus prójimos, a la manera del Beato Antonio Chevrier que decía:” Me ha convertido el misterio de la Encarnación” (Const 2).
Realizar el sueño de Dios para toda la humanidad requiere un cambio de estilo que resulta posible solo por la misericordia de Dios, no por nuestras fuerzas. Si todavía no somos la persona que habríamos deseado ser, y que también Dios desea formar en nosotros, probablemente tenemos necesidad de aceptar más sinceramente la debilidad que hay en nosotros. Cuando el apóstol Pablo se dio cuenta de su debilidad, se dirigió a Dios para ser liberado (2 Cor 12,9). De hecho, lo consideraba como una resistencia a la gracia. Sincerarnos con nosotros mismos nos ayudará a vivir en paz lo que la liturgia de la Semana Santa llama nuestra “debilidad mortal”. Nos ayudará, en otras palabras, a reconocer que las concesiones que nos permitimos, aparentemente inocuas, tienen el poder de debilitarnos y hacen perder la sensibilidad que conviene a un consagrado, llamado a testimoniar el amor gratuito de Dios. También la dificultad para aceptar el mal que nos rodea es una debilidad nuestra. Pero es necesario asumirlo como si fuera “mi propio mal”, considerándolo como una señal de la pérdida de la dignidad y de la fuerza colectiva de ser testigos del hombre nuevo hecho como Cristo. El encuentro con Jesucristo, que desciende hasta las oscuridades de nuestra humanidad, que se ha vuelto fría y privada del impulso del “amor primero” (Ap 2,4), podrá devolvernos la fuerza para reaccionar y actuar de un modo digno y coherente con el estado de discípulos y apóstoles de Jesucristo, así como de seguirlo más de cerca y anunciarlo a los pobres que nos rodean.
Igual que el año pasado, también ahora os convocamos simbólicamente ante la representación de la Navidad para contemplar allí «el gran misterio de la Encarnación” (Cartas, 52). Contemplémoslo humildemente, de rodillas, y nos será renovado el deseo y la gracia de conocer más de cerca el corazón de Dios, su sensibilidad, para asimilarla y expresarla después en nuestro modo de ser y de vivir (Rom 5,5). Con la intercesión del Beato Antonio Chevrier dejémonos alcanzar por el amor divino que es Jesús, dispongámonos a recibir a su Persona. Revivamos sus sentimientos, y nos ayudará a situarnos mejor en las exigencias del ministerio y de la consagración.
Para acompañarnos en este dinamismo fascinante propio de la fe contamos con la preparación, recientemente iniciada, de la Asamblea General 2019. Su nervio central arranca de la invitación de Pablo a Timoteo: “Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti” (2 Tim1,6). Hacer memoria del don recibido por la imposición de las manos del obispo tiene el significado de reconocer los progresos que nos llenan de alegría y de esperanza. Y reconocer al mismo tiempo las carencias y la dureza del corazón que tal vez nos lleva a sobrevivir más que a seguir el soplo del Espíritu y a renovarnos como Prado. El Señor nos llama a tejer una fuerte relación con él, para que, como cuenta la parábola, no vacilemos ante cualquier renuncia con tal de poseer el “tesoro escondido en el campo” (Mt 13, 44-46). Decidirnos por Cristo Buen Pastor y conformarnos a su modo de amar, nos obliga a mantener alta la guardia, avanzando día a día hacia la meta. De otro modo viviríamos interiormente apagados y frustrados, buscando constantemente gratificaciones para compensar la desazón que nos habita.
¡Que la gracia de la Encarnación nos trabaje el corazón, modele nuestra humanidad y la impida deslizarse en peligrosas lógicas de adaptación que mundanizan la fe y el ministerio! ¡Que la luz del Emmanuel, ¡el Dios con nosotros, nos alcance en profundidad y renueve en nosotros el deseo de configurarnos a Cristo! Recreados en el Espíritu y convertidos en colaboradores de su acción, nos conceda revivir los sentimientos (phronesis) de Cristo Jesús (Flp 2,5).
En Navidad se renueva la historia de Alianza que se despliega en el tiempo en un constante concatenarse de acontecimientos positivos y negativos. En ella se encierra el futuro personal y el futuro de la familia del Prado, también éste determinado por una trama de hechos, estimulantes unos y preocupantes otros. En todo caso “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los cuales ha llamado conforme a su designio” (Rom 8,28). Podemos sin embargo llevar en el crisol de nuestro corazón los hechos - ¡todos los hechos! -, y buscar en ellos la acción del Espíritu (Const 45) para poder vivir como el escriba del Evangelio que, una vez hecho discípulo, “va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo” (Mt 13,52). Se nos ha concedido hacernos cada día discípulos de la Palabra de Dios que, tomando nuestra humanidad, la llama a “reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Esto es lo nuevo y lo antiguo que caracteriza tanto nuestra historia personal como la historia de nuestra familia espiritual, que “de generación en generación” es llamada a custodiar y transmitir el carisma que nos recuerda que la Navidad es la “gracia de Dios que ha aparecido y trae la salvación para todos los hombres” (Tito 2,11).
Queridos amigos, dejémonos renovar por el Enviado del Padre; que en él se consolide nuestra identidad y personalidad de discípulos según el Evangelio. Dejémonos sorprender por la Novedad que Dios nos concederá en el futuro. El mañana está todavía inédito y, porque está en las manos de Dios, llegará a nosotros por iniciativa suya. Lo que viene de Dios tiene fuerza para sorprendernos; tiene el propósito firme de recrearnos retirando las amarguras de la vida, las desilusiones, frustraciones y las componendas. Dejémonos introducir cada vez más perfectamente en la comunión con la persona del Hijo Jesús e asumamos la responsabilidad de ser en el mundo el amor que perdona, que reconcilia, que teje la trama de un futuro concedido y esperado.

Xosé Xulio Rodríguez Fernández
Armando Pasqualotto