divendres, 18 de desembre de 2015



ORACION AL DIOS DE LA ENCARNACIÓN

“¡Señor, cuántas maravillas me revelas en este misterio! ¡Cuánta sabiduría y amor en tu actitud hacia tus pobres creaturas!

¡No puedo más que gritar: Amor y gratitud a ti, Padre eternamente bendito, que no has abandonado a tus creaturas después del pecado y no las has dejado morir eternamente, sino que has enviado a la tierra a tu adorable Hijo para salvarlas!

Amor y gratitud a ti, oh Verbo eterno, imagen consustancial del Padre, que para la gloria de tu Padre y la salvación de los hombres, has consentido venir a la tierra, en medio de nosotros, a pesar de los sufrimientos, los desprecios y la muerte ignominiosa que te esperaban.

Amor y gratitud a ti, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, que has preparado y anunciado este gran misterio sobre la tierra y has santificado a la Virgen María para ser el santo tabernáculo donde debía residir el Verbo eterno.

Y tú, Virgen María, escogida por Dios para ser el instrumento de su misericordia, recibe el homenaje y los saludos respetuosos que te ofrezco en unión con el ángel Gabriel, tú que, por tu humildad y pureza, has atraído la mirada del Altísimo y nos has dado la salvación.

Para entrar en el dinamismo de este divino misterio, te pido, Padre santo, que pongas en mí una santa compasión hacia los pobres pecadores y no me dejes llevar por la indiferencia o la frialdad hacia ellos.

Te pido, oh Verbo hecho carne, que me concedas la entrega y el celo por las almas que te han llevado a descender de lo alto del cielo y a aceptar por nuestra salvación humillaciones, sufrimientos y muerte.

Y tú, Espíritu de amor y de fuerza, pon en mí esas bellas virtudes de humildad y de pureza que has puesto en María y que han elevado a María a la dignidad de Madre de Dios, de manera que mi corazón se convierta en un tabernáculo más santo, más digno de aquél a quien tengo la dicha de recibir en la santa Eucaristía”.

                                                           Antonio Chevrier
                                                           (Le chemin du disciple et de l’apôtre, 135-136)